
El proceso rutinario de exploración y evaluación de todas las estructuras posibles se dilató en el tiempo bastante más de lo esperado. Ya desesperada y sudando la gota gorda porque ese dolor continuo y localizado había desaparecido -como sucede en el dentista y el ruidito en el taller-, llegué a la posibilidad más remota y... ¡¡Allí estaba el malandrín!!
- ¡Ahí, ahí! -gritó, casi festejando el dolor, el paciente-. ¡Tú si que sabes encontrar lo que me duele!
No pude evitar una sonrisa. Después de tanto sufrir y exprimir el cerebro, conseguí encontrar un origen que ya empezaba a localizar en una somatización o ilusión o yoquesequepuñetaslepasa.
Es necesario, vital, mantener los conocimientos al día. Porque lo que no se utiliza se atrofia -tan aplicable a un montón de cosas-. Lo que sabemos se olvida. Y el que termina sin solución es el paciente que, contra viento y marea, confía en nosotros.