Han vuelto Pablo, sus tratamientos, sus pacientes, sus amigos y "sus cosillas". En Twitter nos echamos unas risas, a costa de ciertas "licencias" de los guionistas. Unas veces se nos saltan las lágrimas de pura envidia -¡Cómo duelen esos 90€ por sesión! que no hemos superado todavía-. Otras veces se nos afila el humor con su forma de diagnosticar. Y esa extraña manía de curarlo todo con masajes -da igual que sea una persona parapléjica, una contractura, un hematoma perdido por el sistema nervioso, etc. No sabemos si son sus manos, su técnica o esa maravillosa crema.
El caso es que si que tengo algunas cosas en común con el personaje. Los líos de sábanas... NOOOOOOO. Tampoco la nómina, la casa, el uniforme... NOOOO. Algún perfil en los pacientes.
Hace unos años, un médico de sociedades médicas, se quejaba de la superficialidad de la relación médico-paciente. Que en consulta tan simpáticos y próximos y fuera ni le saludaban. Puede ser, todos cambiamos si nos quitamos el pijama. No siempre se nos reconoce. También hay que pensar que en consulta hemos de contar cosas que pueden resultar incómodas fuera. No deja de ser el médico.
Pero me resultaba relativamente extraña esa visión, desde el punto de vista de la relación fisioterapeuta-paciente. Porque mi experiencia es bien distinta. Pacientes que te quieren invitar al café, o acuden a la consulta sólo con la intención de presentarte al hijo recién nacido. Incluso pacientes que te invitan oficialmente a su boda.Por el propio perfil de nuestro trabajo. Por el contacto íntimo que requiere nuestra actuación. Porque ya no nos tocamos y, delante del fisioterapeuta hay que desnudarse. El fisioterapeuta "toca", aunque sea con un único dedo (#dedoconcept) sobre un punto doloroso.
Nuestro trabajo va a contracorriente. Ahora la gente se saluda de lejos, se dice "Eyyy, ¿Cómo vas?", esperando que NO se lo cuente. Y vamos nosotros y le decimos "señale" y, tras observar, palpamos, exploramos y tratamos.
Mientras, pasamos un buen rato mano a mano. Y la conversación fluye. Otras, no queda más remedio que preguntar por temas que superan la lesión. El origen -porque no tratamos sólo síntomas- está donde está y hay que buscarlo. No soy psicóloga y, por tanto, no ejerzo de ello. Pero escucho muchas cosas. Escucho muchos problemas. Y la sombra de "Pablo" crece sobre la pared del fondo.
Problemas físicos agravados por problemas laborales, familiares, de pareja. Por estrés que nos supera, por depresiones, por ansiedad. Me hablan de problemas de pareja, de suicidios, de madre-padre-pareja-hijo con problemas que no saben por dónde coger... Alguna lágrima ya he recogido.
En algunos casos, escucho y anoto. Porque el cuerpo no es ajeno, ni a los sentimientos, ni a las relaciones, ni a la cabeza -a esa mucho menos-. He aconsejado ponerse en manos de un buen profesional -porque es mi obligación derivar-. Hay que quitar hierro a visitar a un psicólogo/psiquiatra.
Otras veces, trabajo y escucho.